Toc-toc

Si abro esta puerta, en cuyo blanco antes garabateaba, tras el umbral solo estaré yo. Siempre presente que esta casa era para mí aunque dejara abiertas las ventanas. Y no sé si ahora que acabo de volver a llamar, entraré. Estoy aquí, parado, inmóvil, con mejor aspecto que cuando salí a pasear. Si entro, ¿qué diré? Pues ya veremos.

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Dicen

Cuántas veces, cada día, escuchas, te dicen o lees lo que hay que hacer con el mundo, con la política, con la economía…. Libros, artículos, frases en facebook y twitter…  En todas partes aparecen sentencias sobre la felcidad, sobre el valor de lo que realmente te debe importar, frases recortadas por delante y por detrás que encajan con cualquier buena intención…  Ahora, que todo se cae, se multiplican los teoremas para levantar economías y almas a una velocidad más rápida que la del hundimiento. A veces te encuentras más soluciones que problemas. Todos andan preocupados por todo, te abordan con esas grandes propuestas y contundentes acusaciones.

El mundo se desmorona y tú crees que están demasiado seguros de lo que dicen.  Mientras tanto, tu mundo también se desmorona pero nadie te dice cómo sobrevivir.

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Las manos de tu vida

Las manos que cogen tus manos. Las manos que te hablan. Las que se abren al verte. Las manos que pasearon de tu mano. Las manos que rodearon tu cara. Las que se pusieron en tus hombros, las que te señalaron, las que te dijeron hola y adiós. Las manos que te escriben, las que buscan tu nombre en el móvil,  las manos que te indicaron una dirección y las que te pararon. Las manos que se abren cuando llegas, las que se cierran sobre tus manos, las manos que te sujetaron, en las que te apoyas, las manos que se dejan besar.         Las manos que pasan por tu pelo, las que recorren tu espalda, las manos que te agarraron del corazón, incluso las manos que te lo arrancaron. Las que saben dónde tocarte para encontrar tus manos, que te hacen cerrar los ojos, las que tocan tus labios con una mano y tu alma con la otra mano.

Tantas manos… Las que te enseñaron qué es suave, las que ves temblar y las que te aprietan cuando tu pulso salta, las manos que se meten en tus bolsillos, las que te ponen a bailar, las manos que secaron tus lágrimas de niño, esas manos fuertes siempre de tu padre, las manos infinitas de tu madre. Las manos que ponen cosas en tus manos, las que tocan tu cuello mientras conduces, las que se calientan en tus manos, las manos que te dan, las que te han quitado todo, las manos que encontrarías entre un millón de manos.

Y esas manitas, pequeñas, manos como maromas que sujetan tu barco.

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Trece palabras

Hoy tampoco. Ni mañana, supongo que ya nunca. Qué absurdo este para siempre.

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El dios griego

Debe rondar por mi barrio un dios griego, de esos que tenían muy mala leche (menos mal que en Grecia aparovecharon la leche cortada e inventaron el Danone), un dios, digo,   amargado en su eternidad y que viendo que las cosas por allí van como van se ha venido  a esta zona, que el clima es favorable cuando vas vestido con una gasita blanca, sandalias y coronita de oro.

Esta deidad tiene su miga y aburrido, ha empezado a hacer las tareas propias de los dioses: putearnos para que les tengamos miedo y asi les erijamos templos donde ofrecerles sacrificios.  El caso es que volvamos a mirar a la mitología y que por descreídos, encontremos el dios de cada cosa, y el dios de cada caso.

Y el dios de marras podría ser el de la paz, o el de la belleza, de las hipotecas, la guerra, el dios de los consejos de ministros… Pero no; este dios griego que ronda por mi barrio es el dios de la Foto Fija. He consultado los libros de Robert Graves (que además de escribir Yo, Claudio, fue un erudito en mitología) y viene a decir que recibe el nombre de Retrates, hijo de Estampa y Meacuerdo, hermano de Retina y enemigo acérrimo de Cronos y Yolvido. Con esos mimbres, el dios Retrates, en su ira divina y cuando a su capricho decide, escoge a un hombre a quien condena a que el resto de la humanidad crea que siempre será el mismo y no se obrará en él cambio alguno hasta el día que se muera.

Retrates, que no debe haber probado el All-Bran, dicta su sentencia en un instante muy determinado de su condenado, siempre, un mal momento. Y al que le toca, haga lo que haga, será siempre el mismo a ojos de los otros. Salvo el deterioro físico, nadie observará jamás cambio alguno.  Si cuando su rayo te lanza eras antipático, antipático te verán en el féretro. Si tenías dudas, nadie creerá en tus soluciones. Al que le cogió equivocándose nadie le verá nunca un acierto y quien estuviera desconcertado será siempre una linea torcida.

Porque Retrates es así. Te castiga inutilizando el arrpentimiento y esculpiendo sobre tí una capa de mármol que a la vista de los otros se mantiene inalterable a lo largo de los años. Este dios es un cabronazo. Apunta Robert Graves que solo puede ser vencido por la diosa Oporthunytas, pero que los humanos no son muy dados a invocarla.

Avisados estáis.

 

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No eres un Príncipe Azul

Para empezar, es que no hay cuento. No tienes que salvar a nadie, ella no está en peligro ni hay reino, ni dragones, ni malvados. El “erase una vez” es en realidad “un día la  viste y flipaste en colores”,  o “fueron pasando los días y con ella veías unos colores que te fliparon”.

No hay espada, ni caballo, ni armadura. Tienes un boli, quizá una moto y cuando te dan un golpe te duele y te sale un cardenal.  No has venido a hacerla feliz, no. No has venido a nada, la vida te coge aquí y ya veremos si te quedas. Si es feliz, será porque ella sola sabe serlo, porque procura hacerte feliz y porque tú haces lo mismo. Las tres cosas a la vez.

Tú no tienes en un cofre la llave de su felicidad. Tienes tus cosas, variada gama de virtudes y defectos que combinas como puedes, muchas veces francamente bien. Sin embargo, ella cree que tú tienes que hacerla feliz, cree que cuando te mira tiene que morir de emoción y si no, si no… Pues no.

Tienes jefe, diás malos, tienes un pasado, manías y miedos. Fuiste niño y temes hacerte viejo. En tu vida hay personas incómodas, hay pesados, amigos, familia, algunos son un horror. A veces metes la pata, a veces lo haces muchas veces, cometiste errores gordos y posiblemente te queden unos cuantos por delante. Cuando te sientes mal necesitas a alguien a tu lado que te diga que las cosas van a arreglarse. No eres alto y guapo, la ropa te la trae floja y si supieras algo de decoración de interiores tendrías un alma de Loewe. No, no eres un Principe Azul.

Y qué.  También tienes días buenos, muchos, y diás normales, la mayoría, en los que has trabajado como un campeón porque aunque no seas el mejor eres muy bueno en lo tuyo. Días en los que  has sido como más te gusta ser. Tienes ilusiones, pequeñas, medianas, y algunas muy grandes que te levantan cada mañana. Hay a tu alrededor mucha gente que te quiere, algunos incluso te admiran, pero lo que te importa es que hay personas que disfrutan a tu lado. Y das tu vida cada día por dos personajillos que sacan lo mejor de tí.  Has vivido ya parte de tu vida y asumes que lo hecho, hecho está, das la cara, le echas huevos y te quedas con lo bueno, que es mucho, por cierto. Sabes dar y pedir, y sabes dar las gracias. Te gusta quedarte dormido en el sofá, comprar cava del bueno de vez en cuando, disfrutas con el buen humor y de muchas gilipolleces, eres capaz de sacar risas y sonrisas, y de hablar en serio. Incluso te gusta leer, fijate…  Te gusta dormir sintiendo sus pies y contando sus respiraciones, adoras la complicidad y la ternura, no te importa ver en la tele lo que no te gusta,  has aprendido a escuchar  y vas aprendiendo que todo es importante. Recuerdas sitios y palabras, te encanta el sexo y en ocasiones le darías besos solo porque sí.

Pero no eres un Príncipe Azul ni quieres serlo. Con tus cosas no te dan la escala para subir a la torre más alta donde está encerrada. Tú eres más de ascensor y llamar al timbre, dar un beso, sentarte, charlar, contarte. De salir a dar una vuelta, hacer regalillos, desayunar. De repetir una canción que te gusta y hablar con pasión de lo que te interesa. De preguntarle si esos colores combinan, de disfrutar mimándola, de discutir por ver quién quiere más al otro, de un mensaje que diga “qué tal vas”, de soñar con el futuro y lo que podría traer, de sentirte grande en medio de una pequeñez, de hacer alguna locura juntos, de exprimir el sosiego de una apuesta firme. Atrás dejaste los trucos y vas a pecho descubierto. Demasiado descubierto quizá, una armadura de los chinos y un poco de picardía te habría venido bien. Aunque para tí es una Princesa, tú no pretendes ser un Príncipe Azul ni el rey del Mambo. Lo tuyo es más sencillo, querer y que te quieran, y ver el Castillo desde lejos, dando un paseo y tomando una cerveza. Sin espada, caballo ni armadura ya sabes lo que te espera… Poco aprecio, algún desprecio, comerte la cabeza y olvidos express mientras miras a una atalaya que no existe, donde se encuentra, siempre esquiva, esa a quien tú, y solo tú, ha hecho Princesa.

Eres un tipo normal, no un Principe Azul. Así que ya sabes, olvida el caballo y arranca la Vespa, chaval.

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Otra vez aquí.

Digamos que… he salido unas semanas a ver cómo eran los colores. Me puse mi mejor camisa y disfruté al escuchar el sonido de mis pasos.

Digamos que… al reabrir un libro antiguo encontré un mapa del tesoro.  Y me eché a la mar… A merced del viento.

Digamos que… buscando los colores, persiguiendo la estrella del norte y vestido de sonrisas no tuve tiempo ni espíritu para la tinta y las palabras.

Digamos que… quemé la bandera pirata, no he encontrado la isla perdida y he tenido que regresar. A mi Isla de los Olvidados, a las palabras.

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Sueños

Estoy cansado, tengo sueño, y tengo sueños.  Duran poco los sueños, sí, pero mientras los tengo me siento vivo. Por tanto vivo cuando tengo un sueño. Si lo persigo sin rozarlo siquiera,  grito y brotan los ramos de palabras, Si lo tengo cerca, tiemblo y mis manos se abren para intentar cogerlo. Y si lo toco, si lo huelo, si lo beso, sonrío y abro mucho los ojos para apurarlo.

Los sueños me han distraído pero han sido siempre mi motor, incluso para estrellarme. He vivido caminando entre mis sueños, cumpliendo unos y perdiendo otros.  Este no lo quiero perder. Este sueño es vida, la que quiero tener, y lo voy a vivir como si nunca me fueran a despertar.

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Sigue. Fijate.

Sigue lloviendo, y bajo la lluvia de invierno sigue acodado en la puerta del bar. Sobre sus hombros siguen cayendo las gotas y las medias horas, una tras otra, tejiendo con el pulso imposible la más larga espera.

Siguen abiertos sus ojos grandes, mirando al reloj y a sus sueños. Sigue pensando, sigue recordando.

Eso  es, sigue vivo.

Pero si llueve, se resguarda y sale a buscar sol. Cuando pase media hora, solo una media hora, no entrará en el bar. Quizá ni siquiera ha ido al bar. Y mientras espera, que ya no espera nada,  busca y encuentra las palabras que le pusieron en pie.

Sus ojos grandes y abiertos miran cómo las horas le llevarán a otro lugar más confortable donde otros le esperan. Mira a sus sueños sin rencor y genera otros, sigue soñando y piensa en vivir. Ya no mira atrás.

Mete las manos en los bolsillos y se pone a caminar, sonriendo… Sigue en la calle porque sabe que esa calle es la de su vida, pero, abre tus ojos y mira… Mira. Mira. Fijate y mira.

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Cuando os veo

 

Si se cruzan vuestros ojos,

si os miráis desde tan cerca

y las sonrisas se os disparan

porque queréis reir.

Si tú le preguntas algo

y tú le respondes con tus palabrillas,

si tú le coges la mano

y tú te dejas querer,

si tú besas su cara,

y tú entornas el mirar.

Si tu tiempo, tan deprisa,

y si el tuyo, despacito,

se encuentran como en ayer…

Es que  había acertado.

 

 

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